DE MI LIBRO “COMO SI NO PASARA EL TIEMPO”


Eran más de las cuatro cuando Paula abandonó el hospital.
La tarde resplandecía tras la nevada de horas antes y la escarcha goteaba por las ramas secas de los árboles. Calmado el viento gélido, entraba dentro de lo probable que saliera un anémico sol.
Como cumpliendo un diario ritual, la anciana miró al cielo y se subió el amplio cuello del abrigo. Le repugnaba el olor a fritura que salía por los extractores de la cafetería y aceleró el andar al pasar por la puerta. No tenía hambre pese llevar varias horas sin probar  bocado. Fruncido el ceño, el brillo de sus ojos era, tal vez, más acusado que de costumbre. Repentinamente cruzó el brazo sobre el vientre para aliviar un dolor punzante, reclamo inútil de alimento.
Sentada un destartalado banco del parque cercano, encendió un cigarrillo.
Fumaba nerviosa, con la inquietud de quien desea escapar fundida con el humo. La angustia y la pena trazaban su gesto y por primera vez en mucho tiempo, se sintió cansada,  acobardada...vieja.
El llanto pretendía asomar como otras veces, y como otras veces no lo consintió. Aquel era sólo uno de tantos momentos que abrían la herida que, incurable, jamás se cerraba. Momentos que había aprendido a sobrellevar, segundo a segundo, masticando el miedo, saboreando la soledad y acatando el destino que seguía golpeando sin tregua, con su vara divina, justa y cruel.
Aspiro el cigarrillo y al expeler redondeó los labios para dibujar en la luz de la tarde un anillo de humo envuelto en recuerdos.
A otro lado de vaporoso circulo, una risa infantil y los ojos de Paula radiantes en su piel tersa de treinta años...

-¡Hazlo otra vez, mamá!

Y el aire se llenaba de anillos y risas...

Eran tiempos felices.

Él también estaba.

Siempre pensó en aquella niña como en un premio del Cielo. Por eso, quizá, temió tanto por ella desde el mismo día de su nacimiento.
No se equivocaba; el Cielo quiso recuperarla y la arrancó de sus brazos a los diez años.., también él se fue.
Una tarde se alejaron entre la gente del aeropuerto…

Y Paula tuvo miedo.

La niña se había soltado del padre y había acercado a los labios su pequeña mano, para lanzar un último beso de despedida.

Y la madre tuvo miedo...

Horas después estallaba en el aire el avión…
El mar, inmensa tumba, recogía sus cuerpos..,para siempre.

Un viejo reloj de cuco detuvo sus agujas, sin razón aparente, y el reloj de la vida de Paula contó a partir de entonces otras horas y otros días.
El ayer llegó a fundirse con el  hoy y ambos con el incierto mañana. Las semanas y los meses discurrían, distintas, en un calendario que había dejado de importar porque, en medio de su torbellino, caminaba, malherida y loca, una mujer cuyos ojos no volverían a secarse, por ese llanto permanente del alma...
Por ese llanto que nada ni nadie remedia, por ese, que condena a seguir viviendo después de haber muerto.

El tic-tac del cuco presidía, impasible, las horas de gloria y las noches de soledad.
No tuvo otro hijo.
Nunca se volvió a enamorar.
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