Esa gurú de pacotilla

Tengo cierta fama de bruja entre mis compañeros, idea totalmente infundada.

 La cosa debió de empezar cuando, tras hacer unos cursillos del método Silva (control mental), aprendí que poniendo las manos a corta distancia sobre una parte dolorosa del cuerpo (el de uno mismo o cualquier otro cuerpo),el dolor se alivia. 
La explicación que me dieron es que el aura de la zona dañada se restaura en pocos segundos con el aura de la mano aplicada.Esto es así de simple; todos tenemos esa particularidad y ,curiosamente, suele funcionar. De ahí lo de la ”imposición de manos”,tan cacareada estos días con el gesto del actual Papa al muchacho inválido.
Pues como escribo más arriba, y sin querer dármelas de Papa, aprendí este sencillo tramite, aplicándolo en varias ocasiones con algún compañero: que si dolor de cabeza, que si torcedura, que si ¡ay mi lumbago!,en fin…

Recuerdo que, en cierta ocasión, Amparo Rivelles, con un buen trancazo invernal, me comentó antes de salir a escena su decaimiento. En mi afán de ayudar a esta señora, que es para comérla a besos,  tomé sus pulgares con mis puños cerrados y ,mentalmente, le transmití energía (más deseada que real) con la esperanza de que ella, la Rivelles, creyese que llegaba a su depauperado ánimo, lo que no acababa de convencer a la ocasional “sanadora”.Cual no sería mi sorpresa cuando, momentos después y en un aparte de la escena que teníamos juntas, me susurró que se encontraba mucho mejor…
¡Pues qué bien!
Pero a lo que voy es que, ciertamente, la fe mueve montañas creando falsos mentores por doquier.
 Peligro, amigos…¡peligro!

Un día de estos os contaré un dramático caso que viví como excepcional testigo durante mi época de voluntariado; hoy prefiero la sonrisa, si es que estas letras consiguen dibujárosla.

Recibo un buen día la llamada de un amigo coreógrafo al que llamaré ”Carlos”( sobre todo porque se llama así) y del que voy a omitir el apellido para conservar su anonimato.
Carlos, desesperado porque no encontraba trabajo, me pedía que le dictase los pasos a seguir de un ritual, supuestamente mágico, para atraer a la buena suerte. Ritual que, según él,  yo había comentado practicar…en mis ratos libres, oye.
“Carlos-le dije-no solo ignoro esa historia que me cuentas, sino que en absoluto creo en ritos ni oraciones, ni siquiera creo que nadie pueda decidir su futuro y mucho menos, cambiarlo
Como si le estuviera hablando en alemán, él insistía haciendo caso omiso de mis razonamientos y me contaba retazos del dichoso rito… no sé qué de incienso, de sal gorda…¡ah, sí…y una tijeras!
La conversación estaba tomando unos derroteros absurdos y me resultaba difícil encontrar un viso de seriedad a todo aquello, de modo que, para acabar de una vez, le di un consejo tan insustancial y tan impropio de mí, que aun me causa un cierto empacho recordarlo:
 Carlos-le dije- San Judas Tadeo (Calle Atocha)  tiene montañas de devotos haciendo cola ,que lo veo yo cuando paso por ahí, y al parecer otra santa “milagrosa”es santa Gema (metro Cruz del Rayo). Si crees que te pueden ayudar, adelante, pásate por allí y se lo comentas a ellos porque lo que es yo, ya te digo, estas peregrinaciones me parecen una pura farsa.

Al colgar lamenté una vez más lo injusto de este oficio…¡¡¡qué digo, de este oficio; de esta vida!!!
Carlos es un estupendo coreógrafo, luchador, creativo y excelente persona. Merecía que le saliesen mejor las cosas, pero…

Apenas había pasado una semana cuando, de nuevo, la voz  Carlos sonó en mi buzón, pero esta vez radiante, en pleno subidón de adrenalina y triunfo. El mismo corazón parecía desbordarse en cada palabra:
“Amparo, reía, hice cuanto me dijiste y…me han llamado para ofrecerme un contrato que voy a firmar mañana mismo .¡Qué bien hice en llamarte! ¡Todo te lo debo a ti!. ¡Te quiero mucho!

¿ Santa Gema?,¿San Judas? ¿La tijera …?

¡¡¡Qué sé yo…!!!

FIN.

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